La misma editorial la invita a participar ese año en el volumen colectivo coordinado por Alejandra Porras, Nuestra frontera Norte... tan cerca de EU, donde narra las vicisitudes de los hombres y las mujeres que han ido engrosando las poblaciones fronterizas en busca del sueño americano.
Su convencimiento de la necesidad de hacer oír la voz de la gente la llevó a participar en un nuevo proyecto colectivo sobre un fenómeno de la naturaleza que conmocionó a la ciudad de Monterrey: Gilberto: la huella del huracán. El trabajo, que pone el acento en el lado humano de la tragedia, fue editado en 1989 por ediciones Castillo.
Lo que Sandra Arenal amaba por encima de todo era a los niños. Pensaba que su dedicación a ellos a través de su labor profesional como educadora, que nunca interrumpió, no era suficiente. Como en muchas partes del mundo, los niños mexicanos son incorporados al trabajo para mejorar la situación económica de las familias, y sin embargo no gozan de beneficios ni existen leyes que los protejan del abuso de los patrones. Así, durante 1990 y 1991, se dedicó a investigar la situación de la infancia del área metropolitana de Monterrey y dio nombre propio a esos chiquitines que de la noche a la mañana se convierten en el sustento de una prole hambrienta y carente de las mínimas condiciones de vida. No hay tiempo para jugar fue publicado por Nuestro Tiempo.
Entre 1994 y 1995 forma equipo con otras maestras para llevar a cabo un estudio de campo sobre las niñas y jóvenes que trabajan en el servicio doméstico en el área metropolitana de Monterrey. De esa investigación surge La infancia negada, que publica la Universidad Autónoma de Nuevo León en 1997.
Monterrey es una ciudad industrial, polo económico de la región norte de nuestro país, cuya industria se desarrolló alrededor de la Fundidora de Fierro y Acero, pilar de muchas pequeñas industrias y del capital económico de nuestra región. Sandra se interesó por el lado humano de esa mole de acero que durante décadas, hasta 1986, marcó el tiempo de nuestra ciudad. Así, en 1994, participa en el proyecto PACMYC 94 de la Dirección General de Culturas Populares y publica su testimonial La flama y el faro. Distintas voces se congregan alrededor de ese monumento al progreso de nuestra región para hablar de los amores y desamores de una ciudad, y rescatar los sufrimientos que por tanto tiempo guardaron esos fierros herrumbrosos.
De 1995 a 1996 realiza el rescate de la historia de la Fundidora desde la voz de sus protagonistas. Esta remembranza prescinde de números y frialdades, y son los mismos trabajadores quienes narran lo que significó en su vida y la de sus familias su fuente de trabajo, uno de los principales motores económicos de la ciudad. Fundidora, diez años después. Para que no se olvide... fue acreedora de un apoyo de FINANCIARTE para su edición, junto con la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL y el Centro de Información de Historia Regional de la misma universidad, que de esta manera valoraron el esfuerzo de Sandra por conservar nuestras raíces y reconocer nuestro pasado.